Hay jugadoras que brillan cuando todo sale bien. Y hay otras que aparecen cuando todo sale mal. Estefanía de Garay Caballero, “Tefi” para quienes la conocen, es de las segundas. Juega de opuesta, la posición a la que le llega la pelota en los momentos más difíciles: el rally que no termina, el pase que llegó desacomodado, el punto que no se puede perder. Su trabajo es convertir lo imperfecto en punto.
Esta es la historia de cómo llegó hasta ahí.
Una infancia en la arena del Paraná
Estefanía nació y creció en Santa Fe, Argentina, a dos cuadras del río Paraná. Su primer contacto con el vóley no fue en un estadio ni en un club, sino en la arena de la costanera. Todos los domingos su papá armaba una red vieja y remendada, y ella jugaba descalza hasta que se hacía de noche.
Ahí no había piso de parquet ni pelotas nuevas. Había viento, arena caliente y una pelota que muchas veces llegaba mojada. Sin saberlo, Tefi estaba aprendiendo una de las lecciones más importantes de su carrera: saltar sin piso firme. Con los años entendería que eso le servía para la cancha y también para la vida.
La frase que le cambió la forma de pararse
De chica era la más alta del grupo, y eso, lejos de darle seguridad, la incomodaba. Caminaba encorvada, se ponía atrás en las fotos y hacía lo posible por pasar desapercibida.
Todo cambió el día que su entrenadora del club, Mirta, la frenó en medio de un entrenamiento y le dijo:
“Nadie te va a pedir perdón por ocupar espacio. No lo pidas vos tampoco.”
Esa frase se le quedó grabada. Todavía hoy la tiene escrita en la tapa de su cuaderno de entrenamiento, y la considera el verdadero comienzo de su carrera. No fue una técnica nueva ni un ejercicio: fue un cambio en la manera de pararse frente a los demás.
Un ascenso rápido
A partir de ahí, todo empezó a moverse rápido. Estefanía debutó en la liga argentina, fue convocada a la selección juvenil y jugó un Sudamericano con la camiseta de su país. Su potencia en el ataque y su carácter en los momentos de presión la convirtieron en una de las promesas del vóley argentino.
Parecía que nada podía frenarla. Pero el deporte también tiene sus propios tiempos.
La lesión que la formó
En una semifinal, después de un salto, cayó mal. Escuchó el ruido antes de sentir el dolor: rotura del ligamento cruzado de la rodilla.
Fueron nueve meses afuera de las canchas. Para muchas deportistas, una lesión así es el principio del final. Para Tefi fue el principio de otra cosa.
Ella misma reconoce que lo que más le dolió no fue la rodilla, sino darse cuenta de que no sabía quién era si no jugaba. Ese vacío la obligó a mirarse de otra manera. Durante la recuperación empezó a ver los partidos como entrenadora, a estudiar los movimientos de los rivales y a interesarse por la psicología deportiva.
Fue en ese momento cuando nació su famoso cuaderno de errores, donde anota cada ataque bloqueado y cada punto perdido: la rotación, el rival, la altura del pase. No lo usa para castigarse, sino para encontrar patrones. Para ella, el error no es un fracaso. Es información.
La vuelta: más lenta, más inteligente
Cuando volvió a jugar, algo había cambiado. Ya no era la jugadora que dependía solo de la potencia. Era una jugadora que pensaba cada pelota, que leía el juego y que conocía sus propios límites.
También cambió su manera de entrenar. Dejó de entrenar para verse fuerte y empezó a entrenar para durar: fuerza, movilidad, prevención y descanso. El sueño, dice, es su suplemento más importante.
Y sumó algo que antes no tenía: el entrenamiento mental. Antes de cada partido dedica unos minutos a respirar y, antes de cada saque, se toca dos veces la muñequera para volver al presente. Pequeños rituales que le permiten jugar con la cabeza tan entrenada como el cuerpo.
De Santa Fe a la Superliga española
Hoy Estefanía juega en la Superliga española. Vive lejos de casa, pero nunca del todo: el mate viaja con ella a cada entrenamiento y cada concentración, y las videollamadas con su familia son parte de su rutina diaria.
Cada verano vuelve a Santa Fe y, en lugar de descansar del vóley, vuelve a la arena de la costanera para jugar beach volley con su mejor amiga de la infancia. Lo hace, dice, para no olvidarse de dónde viene.
Su filosofía: nadie juega solo
Si hay algo que define la forma en que Tefi entiende el deporte, es esta idea: el vóley es el único deporte en el que no podés quedarte con la pelota. Si la retenés, perdés el punto. Y nadie puede tocarla dos veces seguidas, así que siempre dependés de alguien más.
Para ella, eso es mucho más que una regla del juego. Es una manera de vivir. La pregunta no es si necesitás a los demás, porque siempre los vas a necesitar. La pregunta es si los hacés mejores o peores.
Por eso, dentro del equipo, es tan intensa en la cancha como generosa fuera de ella. Grita cada punto, pero también es la que reparte facturas en el micro y la que se queda después del entrenamiento a ayudar a una compañera con el saque.
Un sueño con los pies en la arena
El gran objetivo de Estefanía es llegar a unos Juegos Olímpicos con la selección argentina. Pero su sueño no termina ahí.
Algún día quiere volver a Santa Fe y abrir una escuela de vóley en la costanera, en el mismo lugar donde todo empezó. Con red nueva, eso sí, pero donde se siga jugando descalzo, como corresponde.
Más que una voleibolista
La historia de Estefanía de Garay Caballero no es solo la de una deportista que llegó lejos. Es la historia de alguien que aprendió a no esconderse, que convirtió una lesión en una escuela y que entendió que los errores también enseñan.
En la cancha sigue siendo la que recibe la pelota cuando todo está mal. Y sigue haciendo lo que mejor sabe hacer: saltar, aunque el piso no sea firme, y ocupar su espacio sin pedir perdón. 🏐